Aviso Importante

A partir de mi regreso a México, el 24 de noviembre de 2008, decidí dejar de publicar en este espacio, con la intención de respetar el cierre de un ciclo. Desde el mismo día, puedes visitar mis ocurrencias en Ernesto-BCN. ¡Gracias por tu visita!
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lunes, 10 de noviembre de 2008

Dos semanas

Like as the waves make towards the pebbled shore,
so do our minutes hasten to their end,
each changing place with that which goes before
in sequent toil all forwards do contend.

Del Soneto LX de William Shakespeare
En Understanding Media, en el apartado dedicado a los relojes, Marshall McLuhan describe cómo la alfabetización de Occidente hizo posible "nuestro sentir del tiempo como duración", definido a partir de algo que se da entre dos puntos: 
De la división del tiempo en unidades uniformes y visibles proviene nuestro sentido de la duración y nuestra impaciencia cuando no podemos aguantar la demora entre acontecimientos.
O viceversa: cuando por diversos motivos se vuelve difícil sobrellevar la extinción del lapso que separa dos de esos puntos.

No había querido enfrentarlo pero, parafraseando a Shakespeare, los minutos se están precipitando como olas. Busco la forma de concebir el tiempo de otra manera; renunciar a esta visión trágica del tiempo. 

Escribe McLuhan que las velocidades instantáneas, descubrimiento propio de la edad electrónica, "suprimen el tiempo y el espacio y devuelven al hombre a una conciencia integral y primitiva". Estoy convencido de lo primero, pero la experiencia me obliga a diferir claramente en lo segundo.

Así, incapaz de desprenderme de la fatalidad del tiempo, comienzo nuevamente la cuenta regresiva. Con inmensa alegría. Con inmensa nostalgia. Con inmensas inquietudes. Con inmensa esperanza.

Dos semanas.

viernes, 31 de octubre de 2008

Escribir y Leer (III)

La lectura es como el paracaidismo: en condiciones normales la practican algunos espíritus arriesgados, pero en caso de emergencia le salva la vida a cualquiera.
He de confesar que llevo unos días de peculiar acelere espiritual, por decirlo de alguna manera. Es que, en verdad, me cuesta encontrar palabras para calificar esta euforia creativa que se ha desatado en mi interior y que me ha llevado a estar explorando una infinita cantidad de ideas. Es evidente que necesito al menos encauzarlas un poco, para evitar que se tropiecen unas con otras. Ayudarles a encontrar su espacio; construirles un hogar a aquellas posibilidades nuevas que andan perdidas buscando amparo.

En esa apasionante labor me encontraba hace un rato, cuando me topé con las palabras que he elegido como epígrafe de esta entrada. Así comienza hoy Juan Villoro su artículo quincenal en Reforma; el texto que publica esta mañana es quizá uno de los más poderosos que le he leído, por la mezcla de una impecable sencillez con una irrebatible contundencia:
Óscar Tulio Lizcano, víctima de la guerrilla colombiana, acaba de rendir un inaudito testimonio de la forma en que los libros preservaron su dignidad. En la clínica de Cali donde se recupera de ocho años de privaciones como rehén de las FARC, habló de la selva donde perdió 20 kilos pero no la lucidez. De los 50 a los 58 años vivió agobiado por las enfermedades, la desnutrición, las humillaciones de perder todo sentido de la privacidad. Para conservar la cordura, clavó tres palos en la tierra y decidió que fueran sus alumnos. Lizcano les enseñó política, economía y literatura. Como tantos maestros, se salvó a sí mismo con la prédica que lanzaba a sus perplejos discípulos. Un comandante vio el aula donde los palos tomaban lecciones y decidió pasarle libros. Lizcano leyó a Homero y seguramente admiró la desmesura de Héctor, que desafía al favorito de los dioses. "La poesía me alimentó", ha dicho el hombre cuya dieta material era tan ruin que se veía mejorada por un trozo de mono o de oso hormiguero.
Partiendo de este auténtico acontecimiento, Villoro recorre sencillos episodios que nos revelan una y otra vez el poder de las letras: desde un Diderot que «curó la depresión de su mujer leyéndole novelitas sentimentales», hasta un Sean Connery que recientemente habría señalado como el momento que hizo posible su vida se dio cuando, a los cuatro años de edad, le «ocurrió un milagro»: aprendió a leer.

Este recordatorio de Villoro apelando al poder salvador de los libros, me obligó a exigirme avanzar en la propuesta que me lancé hace unos días, sobre iniciar un blog colectivo donde explorar las posibilidades de crearnos y recrearnos a través de la lectura. El espacio ya está casi listo, a punto de ser lanzado oficialmente a la blogósfera. Me propongo tener noticias a inicios de la próxima semana. La verdad es que quise hacerlo esta misma noche, pero la inusual saturación creativa de estos días y que citaba al inicio, ha terminado por disparar la energía en tantas direcciones que ha resultado complicado concretar algunas cosas. 

Lo cierto es que aquí voy. Sigo explorando. Cuidando no dejarme devorar por el vértigo de los nuevos descubrimientos que vengo realizando en el misterioso e imprevisible territorio de mi interior.

Apunte. Como en otras ocasiones, me tomé la libertad de subir aquí el texto completo de Villoro para quienes no pueden acceder a la publicación digital.

viernes, 24 de octubre de 2008

Escribir y Leer (II)

«Literature is freedom.»
Susan Sontag
Hace unas semanas escribí ya algo sobre el programa de animación a la lectura que estoy promoviendo en el equipo de profesores con el que trabajo en México. En los días que siguieron a la publicación de esas palabras, el proyecto empezó a dar sus primeros frutos en algunos chicos y maestros, así como en mí mismo. 

Sugería ayer que la palabra escrita y leída enfrenta hoy un mundo que, en cierto modo, le resulta hostil. Cierto que escribimos y leemos palabras por todas partes. Pero algunos creemos que el valor de la palabra escrita per se está cada vez más ausente. Escribimos y leemos letras en un recado; escribimos y leemos un correo electrónico para sacar adelante cuestiones del trabajo o enviar avisos veloces a las amistades; escribimos o leemos un texto para atender una necesidad académica o para obtener información y tomar decisiones en algún sentido pero, en todos esos casos, solemos hacerlo sin tener muy claro el papel que el leer o el escribir juegan en nuestra propia construcción individual. 

Nuestro escribir y nuestro leer cotidianos suelen reducirse a tareas mecánicas, herramientas para resolver otras necesidades. El milagro de la escritura y la lectura como actos de atención queda marginado a unos cuantos, capaces de escribir y leer para nada: por el mero gusto, porque se le da a uno la gana. En un mundo donde todo se tiene que hacer “para algo”, escribir una poesía o leer una novela resultan a los ojos de muchos auténticos desórdenes mentales. Y muchos profesores nos encargamos de reforzar la contradicción obligando a leer tal o cual cosa simple y sencillamente porque "se debe", porque a algún inteligente se le ocurrió que tal o cual libro es "un clásico" y por lo tanto su lectura resulta indispensable.

Así, ante la imparable intromisión de imágenes y sonidos mediáticos en nuestras vidas, muchos chicos se han ido alejando de las letras. ¡Y no pienso que debamos rechazar otros medios! Como muchos, creo firmemente en la posibilidad de coexistencia que existe entre las vías de expresión que hemos desarrollado. Es sólo que, al marginar al ámbito de lo útil la posibilidad de escribir y leer, estamos erosionando, por ejemplo, nuestras facultades para sentir y pensar. [Reconozco que argumentar esto último exigiría más espacio del que una prudente entrada de blog me brinda.] 

Esta tarde, camino a casa, me topé con una publicación de recomendaciones literarias, cuyas páginas ofrecen una entrevista en la que Jordi Sierra i Fabra –escritor que ha tenido un peculiar éxito en lectores jóvenes y maestros que con frecuencia promueven la lectura de sus libros– asegura que leer resulta hoy un auténtico acto de rebeldía: 
«En un mundo tan globalizado, donde comemos la misma mierda en todas partes y vemos las mismas película a la misma hora, leer es algo revolucionario, porque estás tú y el libro, solos, interactuando.»
Me gusta pensar que el pequeño esfuerzo que estamos haciendo en le colegio con nuestro proyecto puede ser semilla de una pequeña revolución. Por lo pronto, llevo tres de los seis libros que propusimos a los chicos para nuestra segunda semana de lecturas. Y mientras leo, experimento algunas cosas para que, llegado el momento, el experimento sea también un programa de animación a la escritura.

domingo, 12 de octubre de 2008

Afectaciones

«A veces hablaba de este asombro, pero como que nadie parecía compartirlo, ni tan sólo comprenderlo (la vida está hecha así, a base de pequeñas soledades), lo olvidé.»

Roland Barthes, en La cámara lúcida.
Leí por primera vez este ensayo hace trece años. Recuerdo que por diversas razones, las reflexiones de Barthes sobre la fotografía me entusiasmaron y provocaron en mí una particular afectación. Misma que, como sucedió al sociólogo francés con la anécdota que da pie a la frase anterior (cuyo contenido para este caso es intrascendente), me vi obligado a olvidar.

Releí La cámara lúcida nuevamente hace unas semanas. Me topé con el ejemplar en casa, antes de venir. Nada más verlo, supe que debía recuperarlo para desarrollar algunas ideas que traigo en mente. Releer las reflexiones de Barthes ha resultado revelador en extremo. Nuevo entusiasmo. Sobre todo, nuevas afectaciones. Pero esta vez, pese a la incomprensión y con toda la soledad que representa, me propongo no olvidarlas.

miércoles, 1 de octubre de 2008

De lecturas y arrebatos...

La doble vida de la que hablaba recientemente, adquiere nuevos bríos. Mucho por delante y mucho entusiasmo por ir recorriendo el camino. Al mismo tiempo, la necesidad de organizar mejor los tiempos, para no descuidar lo que se ha conquistado. En eso ando. 

Quisiera compartir un poco de lo mucho que me ocupa. Esta semana, por ejemplo, está resultando clave para algunos proyectos que estoy promoviendo en el colegio, allá en México. Y discretamente, pero con buenas raíces, creo que van cuajando. En particular, estoy emocionado con dos de tantas iniciativas: el programa de apreciación artística y el programa de promoción de la lectura. Sobre el segundo quisiera compartir parte de mi arrebato.

La ocurrencia que presenté al equipo de profesores antes de venir, ha ido tomando forma. Algunos con más energía que otros, pero todos han ido leyendo alguno de los seis libros propuestos a las y los chicos. Yo, como prometí a mis colegas, he gozado leer -en algunos casos releer- los seis títulos. Y vaya que lo he disfrutado. No dejo de comprobar cómo siempre una lectura es una nueva experiencia. Incluso cuando se trata de obras que uno ha leído incontables veces. Esta vez, el acercamiento ha sido apasionante buscando -o simplemente dejando que surjan- las conexiones entre los libros propuestos, además de las que pueden establecerse entre éstos y las diferentes asignaturas del plan de estudios. Estoy motivado, contento con lo que veo venir. La próxima semana será la prueba de fuego: la celebración de la experiencia con las y los alumnos. 

Aquí valdría apuntar algo. No me considero ni por mucho un "gran" lector. Me gusta leer, sin duda. Lo disfruto inmensamente. Sin embargo, muchos "clásicos" e "imperdibles" están pendientes en mi lista. Podría esgrimir falta de tiempo. Y quizá sería válido. Pero lo atribuyo realmente a una mala organización, a veces incluso a un poco de desidia o a la falta de voluntad... Aunado todo esto a la absoluta convicción de que tampoco es que uno esté realmente "obligado" a leer tal o cual cosa. Sin duda hay mucho que merece ser leído. Y que está ahí, esperando un arrebato nuestro. Sea como sea, el programa que estamos desarrollando me da la pauta para retomar a muchos de mis preferidos, acercarme a varios de mis pendientes y descubrir otros cuya existencia ignoraba o me resultaba lejana.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Claves para vivir feliz

Buscaba simplemente un poco de espacio, aire libre. Así que salí a caminar desde casa, en el barrio de Gracia, hasta Plaza Catalunya, en el centro. En el camino entré a un par de librerías, aprovechando sus techos para refugiarme de la copiosa lluvia que comenzaba a caer. En uno de estos locales, un título capturó de inmediato mi atención: Cómo Starbucks me salvó la vida, de Michael Gates Gill, editado en España por Urano. Era evidente que estaba ante el típico best-seller en la línea de superación personal, pero no pude resistir la tentación y eché un vistazo a la contraportada y las solapas:
Cómo Starbucks me salvó la vida es la fascinante historia real de un hombre rico que un buen día perdió cuanto poseía para reencontrarlo a través de la sencillez y la austeridad.

Michael Gates Gill, hijo del conocido periodista norteamericano Brendan Gill, lo tenía todo: una hermosa casa, una familia que lo amaba, un magnífico empleo como director creativo en una importante agencia publicitaria… En poco tiempo, fue despedido de su trabajo, un desliz amoroso hizo que su mujer lo abandonara y le fue diagnosticado un tumor cerebral. A punto de hundirse y al borde de la ruina, alguien le ofreció casi por casualidad un empleo en una cafetería Starbucks. Se trataba de Crystal, la gerente, una mujer singular que no sólo iba a convertirse en su jefa sino que estaba a punto de ayudarle a contemplar la vida desde una perspectiva totalmente distinta. Gates pronto vería cómo la nueva situación le brindaba una oportunidad única de superar prejuicios, sentir auténtico respeto por sí mismo y por los demás, liberarse de la necesidad de llegar más alto, aprender a valorarse por lo que era y no por lo que tenía… Fuera del mundo artificial y competitivo en el que había habitado hasta entonces, pudo acceder, por primera vez, a su verdadero yo.
No compré el libro. Y sin embargo, aún sin haberlo leído, puedo decir que la esencia del mensaje que parece enviar -muy a su manera, seguramente- me encanta. En cierto modo me parece que plantea algo que yo mismo he venido descubriendo a lo largo de un año: lo sano que resulta desprenderse de ciertas cuestiones materiales, de esas absurdas ideas de siempre querer tener más, porque si no uno es un mediocre, conformista. ¡Es ridículo! ¡Si de lo que se trata la vida es de vivir tranquilo y feliz! ¿No? Al menos eso es lo que creo. Y cada día estoy más convencido de que esa tranquilidad, esa felicidad, sólo pueden ser reales en la austeridad, en la sencillez... Y también, sin duda, en el compartir, en la solidaridad con el otro y ayudarle a descubrir esa posibilidad de realización sin necesidad de opulencia ni nada semejante.

En fin. Para rematar, dejo un video que encontré hace un rato, en el que este carismático sujeto (que no dudo estará cerca de volver al absorbente y enajenante lado oscuro de la fuerza, pues el éxito que el libro ha tenido en Estados Unidos, probablemente alejará a Michael de la austeridad que descubrió en la cafetería ubicada en Broadway) habla un poco acerca de su libro.


Adenda. Hace un momento me topé con otro video protagonizado por Gates Gill. Se trata de una charla con empleados de Google. El video es largo (30 minutos), pero entre lo que el tipo comenta encuentro algunas joyas. Sé que muchos de ustedes no lo verán, así que en una entrada próxima planeo agregarlo con algunos apuntes y comentarios que sinteticen lo que a mi juicio resulta más rescatable.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Valentía y Resistencia

«Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos. Éste es uno de esos días.»

Ernesto Sabato
He de advertir que hoy, pese a proponerme brevedad, me vi obligado a una entrada relativamente extensa. Quiero cerrar en cierto modo las reflexiones que abrí este martes, a raíz de nuestras fiestas patrias que, como al entrañable columnista mexicano Germán Dehesa, me parecen las más festivas de las fiestas. Leyendo y escuchando en estos días a varios periodistas e intelectuales, así como a colegas blogueros, me quedé pensando largo rato en este asunto de la “patria”. Confieso que con mi “orgullo mexicano” por momentos me sentí fuera de lugar, pasado de moda. Incluso, acudiendo a un adjetivo muy de moda últimamente: ideologizado. Me parece que todo estriba en la confusa construcción del concepto de patria.

Escribía precisamente Germán en su columna del miércoles 17 , un texto con el que coincido plenamente:
«A mí me parece que la patria es un quehacer diario, una permanente lección de ética y de ternura, pero también de color, de aromas, de costas inmensas, de montañas colosales y de emocionantes planicies. Nación de diminutivos es inmensa e inabarcable. La he recorrido toda y he visto que era buena y sonriente y grata y sabrosa. Por eso es intolerable que pretendan violentarla con muertos, secuestrados y bombazos. Malditos sean los que creen que ése es el camino. Malditos sean los que la explotan, pero benditos sean los que la aceptan día con día y los que no olvidan que seremos libres cuando sepamos lo que hay que saber y restauremos la justicia y la equidad de la patria; éstos juegan con ella a los encantados, a las estatuas de marfil y juegan sobre todo a decir: viva México.»
Durante la semana he leído claramente la indignación de muchos compatriotas en blogs, perfiles de Facebook y mensajes de correo o Messenger. Pero, sobre todo, leo miedo. Por supuesto que yo mismo lo siento. Todas las noches me voy a dormir pensando en mi familia y la gente que quiero, dialogando con Dios sobre los duros días que vivimos. Pero el miedo no puede, no debe, paralizarnos y, mucho menos, hacernos huir. El miedo es comprensible, sin embargo, también exige valentía, coraje. Exige que nos llenemos de humanidad y le hagamos frente.

En estos días, más de una vez me han dicho o escrito cosas como "Ya mejor quédate tú que ya andas por allá". He descubierto que al responder me cuesta explicar con claridad mi necesidad de volver. Y por eso recurro de nuevo a Dehesa, cuyo texto de ayer, jueves 18, me inspiró poderosamente por su enorme coincidencia con lo que he querido -y quizá no he sabido- decir:
«El miedo fabrica infinidad de argumentos. Me encanta oír (o leer) a esos hombres maduros y razonables que toman la decisión de abandonar el país porque, según dicen, ellos no se irían, pero lo malo es que tienen también que pensar en su familia, o en su empresa (no siempre piensan en ésta), o en la "calidad de vida" que los suyos merecen (y a nosotros que nos atropelle el micro) y patatín y patatán y mexicanitos ahí se ven, porque yo voy a pasar a retirarme. Hablan tan bonito, que hasta les aplaudimos y les deseamos todo tipo de parabienes. Yo no; yo digo que cada quien con su conciencia, pero, para mí, los que se van en estas condiciones, dejan de existir, se vuelven niebla y concentro toda mi solidaridad en los que se quedan. Ahora bien, les voy a decir que hay muchos que se quedan porque no tienen presupuesto para exportar su cobardía. Ellos, digo yo, como si ya se hubieran ido. Me interesan los que se quedan a dar la pelea, a obsequiarle a la patria nuestro trabajo, nuestra pasión y nuestra indeclinable esperanza de que hemos de mejorar; y esto lo haremos como una retribución que le hacemos a la patria por lo mucho que nos ha dado.»
Dehesa evoca a lo largo del texto las palabras con que Savater le recuerda a Amador, su hijo, que “no es lo mismo ser cobarde que ser valiente”. Y sentencia:
«¿Que ahora permanecer aquí [en México] requiere de una dosis mayor o menor de valentía?. Pues nos la echamos. Sería una infamia que no lucháramos hasta el último esfuerzo por arrebatarle a los felones la posesión y usufructo de México.»
Remata parafraseando una cita de Arturo Pérez Reverte.
«En ella un soldado viejo y curtido le explica a un joven aprendiz que se pelea y se da la vida por la honra de la patria y que jamás se pregunte ¿qué tan honrada es su patria?, porque la honra de un país es la suma de las pequeñas honras de sus habitantes. O sea, mexicanos: con toda inteligencia y alegría ¡vámonos recio!.»
Esta mañana, caminando por el Paseo de Gracia, me vino de pronto a la mente la frase de Ernesto Sabato que cito como epígrafe de esta entrada. Con esas palabras inicia La Resistencia (2000, en editorial Seix Barral), un texto magistral, poderoso, que confronta, que apela a nuestra condición humana y nos llama a la valentía. Un par de líneas más adelante, el escritor argentino nos convoca:
«Les pido que nos detengamos a pensar en la grandeza a la que todavía podemos aspirar si nos atrevemos a valorar la vida de otra manera. Nos pido ese coraje que nos sitúa en la verdadera dimensión del hombre. Todos, una y otra vez, nos doblegamos. Pero hay algo que no falla y es la convicción de que —únicamente— los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana.»
Aquí voy, pues. Echado pa’lante. Porque, como dice Catón -Armando Fuentes Aguirre- hoy en su columna: "Cuando la patria duele es cuando hay que amarla más". Así pues, me reitero listo para resistir y enfrentar con valentía los miedos que quieren doblegarnos y hacernos huir. ¿Vas conmigo?

Apunte. Una vez más, debido a que no todos tienen acceso al contenido digital de Reforma, me he tomado la libertad de crear un archivo PDF con los textos periodísticos que cito en la entrada de hoy. Si te interesan, puedes consultarlos aquí. Y si hubiese algún inconveniente por parte de alguien vinculado con la propiedad intelectual de los mismos, no tiene más que hacérmelo saber.

Nuevo apunte. Escribí esta entrada en septiembre de 2008. Y agrego esta nota en septiembre 2011. En unos cuantos años la realidad de México ha cambiado poco... o mucho, dirían algunos, para mal. Hace un año murió Germán Dehesa, quien me movió a escribir esta como muchas otras entradas. Merece la pena recuperarlo hoy que tanta falta nos hace enfrentar la vida con valentía... y resistir.

domingo, 8 de junio de 2008

Confesiones sobre la belleza, la mirada y otras tonterías (II)

"You have no idea of my abilities."

"I know that you can see. I know that you know how to look."

Siguiendo las reflexiones que ayer desencadenaba sobre las confesiones de una fea hermanastra, aparece, estrechamente ligada a la cuestión de la belleza, la mirada. A lo largo del relato, los diferentes personajes irán revelando sus particulares modos de mirar, y así el lector descubre que mientras unos son incapaces de reconocer la belleza, otros no cesan de buscarla en cuanto se les pone delante. En esta afirmación, es evidente, hay un supuesto esencial: la existencia objetiva o incuestionable de la belleza, más allá de la mirada, cuya labor sería en todo caso reconocerla. Si la belleza existe en sí misma (cosa que así creo, a pesar de no contar por ahora con los argumentos suficientes para defenderlo racionalmente), ¿aporta algo la mirada a esa existencia? ¿O la mirada no hace sino descubrir lo que simple y sencillamente es? Algo en la forma de mirar de los personajes (y en la forma de mirar que percibo a mi alrededor) me dice que más allá de esa existencia real de lo bello, la subjetividad del observador pone algo más sobre la mesa. Y no sólo eso: al hacerlo, transforma la misma realidad. Una idea más se dibuja en las protagonistas: la posibilidad de que la mirada aprenda a descubrir eso que es, de modo que la posible ceguera ante lo bello sería, al menos potencialmente, curable. Quizá este no es el momento ni el espacio para profundizar en todo esto, así que por ahora ahí dejo el argumento.

Muchas otras «tonterías» cruzaron mi mente a lo largo de la lectura. Me parece claro que ante un mundo ocupado en la racionalidad y la explicación objetiva de las cosas, sostener una disertación sobre cosas como éstas (la belleza, la mirada, el descubrimiento, la bondad...) puede considerarse inútil, banal. Por ahora pretendo dejar descansar la novela. Pero sé que en algún momento habré de volver a ella (como a tantos textos que reclaman una nueva mirada).

sábado, 7 de junio de 2008

Confesiones sobre la belleza, la mirada y otras tonterías (I)

"Beauty has no use at all", says Margarethe, following her own thoughts. "It has no consequence. It lends nothing to the world. You're better off without any, my poor daughter."

Nuevamente me atrapa Gregory Maguire con una novela difícil de calificar: Confessions of an Ugly Stepsister, editado originalmente en 1999 (es decir, antes del exitosísimo Wicked). Aparece ya esta obra la propuesta del autor por contar una versión de las cosas que reivindique a los "malos" y ofrezca una versión alterna de cómo pudieron ser las cosas que nos cuentan las narraciones infantiles. En este caso, Maguire visita la anécdota de la Cenicienta para construir un relato visto a través de una de las "feas" hermanastras. 

Siglo XVII. Una viuda y sus dos hijas llegan a Haarlem, en Holanda. Dos encuentros marcarán sus vidas. Un pintor, capaz de captar la esencia del mundo –la realidad, lo que llamamos bello y lo que calificamos de feo- como ningún otro. Y un comerciante de tulipanes, cuya hija parece encarnar la definición misma de la belleza. Al final, todos los caminos se cruzarán en un baile ofrecido en honor de Maria de Medici quien, de visita en los Países Bajos, busca al pintor que la inmortalice y a la mujer que habrá de desposar su ahijado, el príncipe Philipe de Marsillac.

Es la tercera obra que leo de Maguire y a estas alturas puedo afirmar que su narrativa me parece genial. Más allá de sus méritos literarios (los cuales, como siempre he dicho, me considero inhabilitado para juzgar), me cautiva su habilidad para jugar con imágenes colectivas que nuestra cultura, la Historia y en general lo que nos rodea, nos han ido formando, y simultáneamente construir un mundo alterno, con sus propias reglas, perfectamente coherente en sí mismo.

Muchos temas quedan flotando en la cabeza. Dos destacan, sobre todo, porque de una u otra manera han estado presentes con fuerza en mis pensamientos, sensaciones y experiencias durante las últimas semanas. La belleza y la mirada. Algunas ideas sobre la primera (que indudablemente reaparecerá en próximas entradas, puesto que se me ha vuelto un asunto incluso obsesivo en fechas recientes).

El relato tradicional de la Cenicienta lleva, como casi cualquier otra narración infantil, un sentido moralizador, una intención de aleccionar sobre algo, de mostrarnos una faceta del bien frente al mal. La revisión que Maguire hace de la anécdota no está exenta de ese carácter casi didáctico, aunque como es de esperarse adquiere una dimensión radicalmente distinta. Lo cierto es que no logra salir de esa tradición (¡y no es que en ello encuentre yo algo negativo, ni mucho menos!). La idea del bien se revela ligada, como en tantas otras historias, a la de lo bello: la bondad como una forma de belleza, más difícil de descifrar y por tanto a veces más visible por su ausencia que por la evidencia de su existencia. Y el arte, la pintura en particular, es el vehículo que utiliza el autor para permitir que esta idea opere entre los personajes.

Probablemente estoy divagando y resulto poco claro. Han pasado escasos minutos de que cerré el libro tras leer la última página. Algunas cosas se irán acomodando en las horas por venir. Queda el tema de la mirada para después, y una cierta urgencia de recuperar la cuestión de lo bello, que tengo en caóticas notas desde aquella visita al MNAC sobre la cual platicaba hace un par de semanas. (Queda también para la próxima entrada aclarar eso de "otras tonterías".)

viernes, 6 de junio de 2008

Persépolis: más vale tarde que nunca


Me entero a través de internet que hoy se estrena Persépolis en México (a casi un año de su estreno comercial en Francia). Como era de suponerse, se proyecta solamente en un puñado de salas. Y para colmo, ¡el mismo fin de semana del estreno de Sex and the City! (No entiendo cómo se toman ciertas decisiones para insertar determinadas películas en el circuito comercial. ¿Era el inicio de la temporada de estrenos veraniegos el mejor momento? Es pregunta.)

Estrenada por acá durante el otoño pasado, Persépolis fue sin duda alguna una de las mejores películas que vi durante 2007. Uno de esos brillantes casos de uso creativo y provocador del lenguaje cinematográfico. De este lado ya circula comercialmente el DVD (incluso en una versión de lujo que cuando veo en la estantería de la FNAC, me hace babear como niño pobre ante aparador de dulcería). A falta de capital para invertir en ello, me deleito con el extraordinario ejemplar de la novela gráfica que dio origen a la película (y que mi querido hermano tuvo a bien enviarme en diciembre como obsequio navideño).

Ojalá los chilangos aprovechen y se lancen esta semana al cine a ver Persépolis. Acuérdense que las pelis que se estrenan en cientos de pantallas aguantarán varias semanas... Estas otras, en cambio, apenas sobreviven en los circuitos casi subterráneos.

lunes, 2 de junio de 2008

Primera deuda: Canta la hierba

Esta mañana me puse a revisar mis entradas anteriores en busca de todas mis promesas incumplidas: todas esas ocasiones en que escribo cosas como “prometo hablar de esto”, “me propongo referirme a aquello”, etcétera. Descubro que son muchas, y espero (no sé si prometerlo) irme poniendo a mano poco a poco.

Una de mis deudas más antiguas se siembra en febrero, cuando prometo hablar de Canta la hierba. Hace menos de una semana entregué para evaluación de una asignatura un pequeño ejercicio desarrollado en torno a esta novela de Doris Lessing. Para empezar a saldar mis pendientes, comparto las ideas con que inicio ese ejercicio.


El texto llegó a mis manos casi por accidente. Apenas habían pasado unos días de que se anunciara el otorgamiento del Nobel de Literaura a su autora, por lo que, como era de esperarse, las reimpresiones de sus obras poblaban ya los anaqueles de las grandes librerías. Era sencillo, pues, caer en la red del consumo. Y caí. Transcurrían mis primeras semanas en Barcelona, el tiempo “libre” para leer era bastante, pero mi presupuesto para literatura era limitado, así que me decidí por precio. La alternativa fue una sencilla edición de bolsillo de Canta la hierba, la primera novela de Doris Lessing, publicada originalmente en 1950.

Mis conocimientos acerca de la escritora inglesa y su obra eran nulos. Ni siquiera había puesto atención a las notas que daban noticia del galardón que había decidido entregarle la Academia Sueca. Así que mi acercamiento a la novela fue desde una absoluta virginidad. La intriga –desarrollada en el marco de una Rhodesia (hoy Zimbabwe) caracterizada por las políticas segregacionistas– me atrapó desde las primeras páginas, pero decidí avanzar con lentitud, saboreando las imágenes, deteniendo la lectura cada vez que algún acontecimiento me sugería la necesidad de conservarlo, de hacer a un lado el libro por un tiempo, como para darme oportunidad de asimilar las transformaciones que Mary, la protagonista, iba viviendo; de alguna manera esas pausas –que hicieron que la lectura se prolongara bastante, si se considera que el ejemplar apenas rebasa las 250 páginas– dieron pie a que me familiarizara más con los personajes, imaginándolos más allá de los momentos que Lessing había decidido revelarme. Pese a que el primer párrafo del texto daba ya cuenta de cómo acabarían las cosas, llegar al final significó un descubrimiento difícil de explicar. Descubrimiento que con el paso de las horas se fue reacomodando. Y en cierto modo no dejó de hacerlo. Al punto de moverme a utilizar este ejercicio como pretexto para explicármelo.

La decisión estaba tomada. Intentaría establecer un diálogo con la obra. ¿Por dónde habría de empezar? Al principio, había tenido la impresión de estar ante una estructura trágica, en la que una mujer cometía un error que le condenaba; esa imagen marcaba un camino. ¿No era muy reduccionista? Otro día se me apareció como el relato de una redención, la idea de liberación emergía constantemente en mis anotaciones. En todo caso, era el momento culminante, la muerte de Mary a manos de Moses, aquel estoico criado, lo que revoloteaba en mi cabeza. La clave estaba en entender esa escena. ¿O no? ¿Iba en la dirección correcta? ¿O esa idea era producto de la influencia de otras lecturas (discursos, discusiones) que terminaban haciéndome ver algo forzando las cosas? Si mi “interpretación” era válida, ¿cómo convenía enfrentar el ejercicio de diálogo con el texto para explorarla?

La respuesta me la dio la propia Lessing. Entusiasmado por Canta la hierba, me había decidido a invertir en El cuaderno dorado, y aunque opté no leerlo hasta que hubiese terminado este ejercicio de exploración, sí leí el prefacio, escrito por Lessing en 1971, a diez años de la publicación original de esa novela. Ahí narra que, “como cualquier otro escritor” suele recibir cartas de jóvenes que, como parte de la elaboración de una tesis o investigación, la cuestionan sobre el sentido o la intención de sus obras. Y escribe:
Estas peticiones las contesto de la siguiente forma: «Querido estudiante: Está usted loco. ¿Para qué gastar meses y años escribiendo miles de palabras acerca de un libro, o hasta sobre un autor, cuando hay cientos de libros que esperan ser leídos? ¿No se da cuenta que es víctima de un sistema pernicioso? Y si usted ha escogido por su cuenta mi obra como tema y si usted tiene que escribir una tesis –y créame que le estoy muy agradecida que lo que he escrito lo haya encontrado usted útil–, entonces ¿por qué no lee lo que he escrito y se hace una idea propia acerca de lo que usted piensa, cotejándolo con su propia vida, con su propia experiencia? ¡Olvídese de los profesores Blanco y Negro!».

No sólo me respondía… ¡me daba un empujón en la dirección que el ejercicio mismo había sido propuesto por mis profesores! De tanto pensarme cómo enfrentarlo, había yo perdido de vista algo tan evidente, que de nuevo la misma Lessing me recordaba en ese prefacio:
[…] no solamente resulta infantil que un escritor persiga que los lectores vean lo que él ve, y que entiendan la estructura y la intención de una novela como él las ve. Que el autor desee esto demuestra que no ha entendido el punto más fundamental: a saber, que el libro está vivo y es poderoso, fructificador y capaz de promover el pensamiento y la discusión solamente cuando su forma, intencionalidad y plan no se comprenden, debido a que el momento de captar la forma, la intencionalidad y el plan coincide con el momento en que no queda ya nada por extraer.

Convencido de ello, sólo era cuestión de armar el rompecabezas. Las piezas estaban sobre la mesa. 

El resto del ejercicio fue simplemente mi humilde intento por darles algún orden.

jueves, 1 de mayo de 2008

Redes

Primero un video... después unas palabras, ¿vale?


Hoy decir que uno cuenta a sus amigos con los dedos de la mano (y en casos extremos, con refuerzo de los dedos de los pies), es provocar que a uno lo miren con sospecha. Parece que ante la incertidumbre que nos rodea, la idea de amistad se convierte en un nostálgico refugio. En Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias, escribe Zygmunt Bauman:
“Un número cada vez mayor de observadores confía razonablemente en que las amistades desempeñan un papel crucial en nuestra sociedad completamente individualizada. Con el rápido desmoronamiento de las tradicionales estructuras sustentadoras de la cohesión social, las relaciones tejidas a base de amistad podrían convertirse en nuestros chalecos o botes salvavidas.”
Las redes que antaño daban seguridad se han desvanecido; ante la añoranza, nos vemos en la necesidad de invocarlas con recurrencia. Y la tecnología nos ofrece vías sencillas para sentirnos consolados. Como añade Bauman más adelante:
“Los directorios del teléfono móvil representan la comunidad perdida y confiamos en que suplan la intimidad perdida.”
Y así como esos directorios, tenemos Facebook, hi5, mySpace, Tagged, más lo que se sume en la semana. Hablando de este fenómeno, Bauman cita a Charles Handy, quien señala que estas comunidades virtuales “pueden resultar divertidas” pese a crear sólo “una ilusión de intimidad y un simulacro de comunidad”.

Pongo el tema sobre la mesa no para condenar estas redes ni a la tecnología. ¡Nada más lejos de mis intenciones! Sólo comparto el llamado a, en la medida de lo posible, humanizarlas. No conformarnos con la ilusión de la amistad, sino celebrarla y construirla como un auténtico asidero.

Sobre el video. Fue colgado en YouTube hace veinte días. Al día de hoy, a las 10:17, hora de España, ha sido visto en su ubicación original, 317,547 veces. [Para evitar confusiones, para mis lectores en España debo decir que ha sido visto 317.547 veces; si no, puede parecer que han sido poco más 317 visitas y media.] 

Cuando empezaba a verlo la primera vez, primero me espanté. No tenía idea de quién era este tío, y no sabía qué tan en serio hablaba... aún así, me causaba gracia la solemnidad con que platicaba. Conforme avanzó la cosa no sólo fui entendiendo sino que me partía de la risa, plenamente identificado con la sorpresa que me causa el tiempo que la gente puede dedicarle a cultivar amistades digitales. Al final, creo que Bauman y Urdaneta, desde ubicaciones radicalmente distintas, se acercan -por lo pronto en los textos que estoy planteando aquí- a diversas dimensiones de un mismo fenómeno y nos dejan algo pa' reflexionar, ¿no?

Una cosa más: ya imaginarás cómo conocí este video. Exacto. ¡Lo recibí ayer a través de Facebook!

sábado, 19 de abril de 2008

Día de la Tierra

Aprovechando el radiante sol de este mediodía, hace un rato salí al Parc de la Ciutadella a leer. Desde que llegué vi que sobre la calzada que se continúa con Passeig Lluis Companys, hacia el Arco del Triunfo, estaban instalados un buen número de expositores, a manera de Feria o Expo. Después de leer y tomar el sol un rato, decidí recorrer lo que descubrí era la 13a. Feria por la Tierra, que se realiza este fin de semana en Barcelona.

Hay de todo lo que uno se pueda imaginar con el amplio pretexto del "día de la Tierra". La cantidad de expositores y visitantes es inmensa, lo cual de entrada entusiasma, resulta alentador. Sin embargo, mientras atravesaba la feria, comenzaron a producirse en mí sentimientos encontrados, que quisiera compartir contigo.

La Feria podría describirse como un gran mercado, cuyos comerciantes clasificaría en tres grandes grupos. El "mercado espiritual", ofrece todo tipo de soluciones para el alma (y el cuerpo siempre que esté conectado con ella): meditación, reiki, yoga, programas y libros de auto-ayuda y desarrollo personal, música "tántrica", viajes a la India y cualquier cantidad de terapias "no convencionales" (según sus propios adjetivos). Por otro lado encontramos un amplio "mercado de la compasión": organizaciones civiles o no gubernamentales dedicadas a todo tipo de causas: combatir el maltrato animal, erradicar el consumo de pieles, combatir la pobreza, promover la educación en países "no desarrollados", proteger al ambiente, y un largo etcétera. Finalmente, un diverso "mercado solidario", que incluiría asociaciones de comercio justo, así como vendedores de productos naturistas, orgánicos y étnicos. Reconozco de entrada que en la agrupación que planteo en esta tercera categoría estoy siendo arbitrario; y cometo esta arbitrariedad porque me parece que los "consumidores solidarios" suelen consumir indistintamente productos de estos, en esencia, distintos tipos de productores. 

Pongo sobre la mesa, pues, mis reflexiones.

Sobre el "mercado espiritual", evitaré extenderme por ahora y remito a una reflexión que publiqué hace un par de meses en otro espacio; la reflexión sin duda puede extenderse, lo cual intentaré hacer en días próximos o en otro espacio.

Respecto a lo que llamo el "mercado de la compasión", me inquietan dos asuntos en particular. El primero, vinculado con los organismos que lo promueven. Sin negar el auténtico compromiso de muchas organizaciones "civiles", me parece que su propia naturaleza y origen encierran ciertas paradojas; para muchas, la injusticia que se proponen erradicar se ha convertido en condición inevitable de subsistencia, por lo cual corren el riesgo de producir en su relación con ella una simbiosis que termina siendo fatal para los afectados, ya que termina condenándolos a perpetuarse. La segunda idea se relaciona con nosotros, los cooperantes -activos o potenciales- de estas organizaciones, pues estamos frente al riesgo de que nuestra ayuda se convierta solamente en una forma de silenciar la conciencia, de tranquilizar el corazón.

Finalmente el tema del "mercado solidario". Buena cantidad de organizaciones son fieles a sus convicciones. Y muchos compradores acuden a ellas convencidos a su vez. Riesgos parecidos a los anteriores. Y más: alimentar al mismo mercado "injusto", insertarse en él. Porque al final todo queda en una práctica consumida a partir de los mismos mecanismos del mercado explotador tradicional. El mercado "alternativo" corre cada vez más el riesgo de convertirse en una fachada para el mercado basado en la explotación, ya sea porque sus promotores terminan alimentándolo una vez que bajan la cortina, o porque sus consumidores acuden a ellos en una actitud puritana, que les permite presumir su virtuosidad y su conciencia social, mientras alternan estas prácticas con otras que sólo generan incongruencias inmensas.

Los planteamientos previos me llevan a una reflexión final.

El tema de fondo en los tres "mercados" es justamente que tienden a seguir la misma lógica que pretenden contrarrestar. Y pocas veces sus productores y consumidores nos detenemos a reflexionar sobre ello. No pretendo restar valor a nuestras buenas intenciones y menos sugerir que habrían de erradicarse también estas tendencias. Tampoco sugiero transformar nuestras vidas radicalmente y abandonar toda acción que "atente contra la Tierra"; sin duda en un mundo como el que tenemos, sobre todo quienes vivimos en comunidades urbanas, resulta muy pretencioso aspirar a cambiar todo de buenas a primeras. Intento ser sensato y de ninguna manera planteo que neguemos aquello que como humanidad también hemos construido. 

Simplemente creo que acercarnos a estas "prácticas alternativas" no es suficiente. Que falta algo más: construir una conducta congruente, que surja del fondo, de convicciones auténticas que nos permitan distinguir las causa de nuestras acciones y asumir paulatinamente los compromisos que ellas implican. No es tarea fácil. Muy al contrario. Y en eso propongo que nos pongamos a trabajar, cada quien con quienes tenemos cerca y en nuestro propio ámbito.

El mío es la educación. Y ahí tenemos un campo muy fértil y amplio para empezar. A eso estoy dedicando mis esfuerzos desde hace unos meses. Aquí sigo por lo pronto, buscando construir.


Apuntes bibliográficos. En las ideas sobre lo que llamo el "mercado de la compasión", recupero reflexiones planteadas por Pascal Bruckner en La tentación de la inocencia (1996, Anagrama) y Zygmut Bauman en Vidas Desperdiciadas (2005, en editorial Paidós) y que, en lo tocante a este tema en concreto, comparto ampliamente.

sábado, 1 de marzo de 2008

Mis incongruentes ciudadanos

"Though so profound a double-dealer, I was in no sense a hypocrite; both sides of me were in dead earnest; I was no more myself when I laid aside restraint and plunged in shame, than when I laboured, in the eye of day, at the furtherance of knowledge or the relief of sorrow and suffering. [...] Man is not truly one, but truly two. I say two, because the state of my own knowledge does not pass beyond that point. Others will follow, others will outstrip me on the same lines; and I hazard the guess that man will be ultimately known for a mere polity of multifarious, incongruous, and independent denizens." Fragment from Henry Jekyll's full statmant of the case. (The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde, by Robert Louis Stevenson)

"A pesar de ser un hombre de dos caras, en ningún sentido era un hipócrita, ambas partes en mi persona eran igualmente sinceras. No era más yo mismo cuando me mantenía aislado y sumido en la vergüenza que cuando trabajaba a la luz del día en busca del conocimiento o del alivio del dolor y del sufrimiento. [...] El hombre no es en verdad uno, sino en verdad dos. Y digo dos, porque el estado de mi conocimiento no pasa de ese punto. Otros seguirán, me superarán en algún momento en la misma dirección, y me atrevo a imaginar que el hombre será finalmente conocido por ser una mera comunidad de multifacéticos, incongruentes e independientes ciudadanos." Fragmento de la declaración completa de Henry Jekyll sobre el caso. (El Doctor Jekyll y el Señor Hyde, de Robert Louis Stevenson)

Muchos años ha que compré el pequeño ejemplar del Dr. Jekyll, que no tardó en quedar archivado. Por desidia o simplemente falta de ánimo suficiente para ello, su lectura -como la de tantos libros- había quedado en suspenso. No sé por qué decidí traerlo entre los textos que me acompañan desde México. Tal vez porque decidí meter unas cuantas novelitas breves, con el fin de ir matando esos espacios de ocio.

Quiso el azar -o el destino- que la mañana del sábado se me "antojara" echarle un vistazo. Y un par de horas después el caso estaba resuelto. La premisa de la obra es bien conocida y, quizá por ello, me sorprendió sobremanera la narración. Que una anécdota tan llevada y traída, tan contada, tan convertida en lugar común, me sorprendiera como lo hizo, fue emocionante por decir lo menos.

Pero la cosa se pone mejor cuando el conflicto del Doctor Henry Jekyll se me presenta justo en medio de esto que he llamado crisis. Justo cuando me interrogo sobre los choques de mi propia dualidad interior. Tengo claro que no será posible separar esas naturalezas que me constituyen, como anhelaba Jekyll. Entiendo que esa mezcla de "incongruentes ciudadanos" que me integran es indisoluble; por lo pronto, he tenido oportunidad de sentarlos a la mesa para que se aclaren y empiecen a buscarse un poco de equilibrio.

lunes, 11 de febrero de 2008

Espejito, espejito... (II)

“The thing about a mirror is this: The one who stares into it is condemned to consider the world from her own perspective.”
Nextday, el octavo enano

“Looking glass, what do you see? … Do you see the corrupted herat of a sinner or the soul of a saint in the making?”
Lucrecia Borgia

(Mirror, Mirror. Gregory Maguire)

Puede creerse que volver a los clásicos y reinventarlos o jugar con ellos, es garantía de éxito. Y se estaría sin duda en un error. Muestras de ello en la literatura y el cine, abundan. Me da la impresión de que el éxito en semejante empresa sólo puede darse cuando hay tintes de genialidad y se arriesga lo suficiente como para ganarse el odio de unos y la alabanza de otros. Lo cierto es que los intentos de esta envergadura difícilmente pueden dejar a uno indiferente.

Después del abrumador e indiscutible éxito editorial de Wicked, Maguire ha seguido explotando la fórmula de recurrir a los cuentos infantiles consagrados y ofrecer un punto de vista distinto sobre narraciones que dominamos de arriba a abajo. En aquel primer intento, publicado inicialmente en 1995, la apuesta era contar al lector adulto El Mago de Oz, desde el particular punto de vista de la verde y malvada bruja del oeste. Ese propósito le obligaba a remontarse en el tiempo y construir un universo que hiciera posible esa nueva perspectiva. Y todo indica que lo logró con creces.

Vino luego la idea de acercarse a la Cenicienta (Confessions of an Ugly Stepsister, 1999). Y tras propiciar el cruce de Scrooge con Jack el Destripador (Lost, 2001), el escritor decidió contar su versión de Blancanieves (Mirror, Mirror, 2003). Pero aquí ya no hay perspectiva que domine. No se trata de decirnos ésta es la historia según los ojos de tal o cual. Aquí, la historia vuelve a nacer por completo y, aunque la mayor parte esté en boca de un narrador omnisciente, escuchamos las voces de César y Lucrecia Borgia, de Vicente de Nevada, de su hija Bianca y de los que eran uno más de siete hasta que uno les dejó.

Ignoro si la versión en castellano de Wicked esté teniendo suficiente éxito como para que la lógica comercial propicie la traducción de alguna de las novelas que le han sucedido. En cualquier caso, y pese a mi limitado dominio del inglés, disfruté enormemente de mi lectura. ¿Creo que lo he dejado claro, verdad? Correcto, mientras me preparo para ir tras las confesiones de la hermanastra, para mañana garantizo cambio de tema.

Aclaración. Ayer, cuando hablaba de los contrastes entre mis propios gustos, lo hacía pensando en la novela que leí antes de Mirror, Mirror. Me refiero a Canta la Hierba, de Doris Lessing, a quien me comprometo desde ya a dedicar una entrada pronto.

Olvido. En la entrada anterior no lo especifiqué: sigo sin conocer el final de Elphaba en Wicked. Ya en unos meses me cobraré ese pendiente.

domingo, 10 de febrero de 2008

Espejito, espejito...

En ocasiones mes sorprendo a mí mismo con el eclecticismo de mis gustos e intereses en el ámbito del consumo cultural, (música, cine, literatura). Por más que esté acostumbrado a reconocerlo ante preguntas del tipo "¿qué estilo de música te gusta?" o "¿cuál es tu libro o película preferida?", la sorpresa resurge con frecuencia cada vez que me topo con un nuevo ítem para añadir a "mis favoritos".

Hace un rato terminé de leer una novela que me atrapó desde el primer momento y que no me dejó escapar hasta la última palabra. Apenas estoy terminando de digerir, pero me pareció un excelente pretexto para una entrada en este diario virtual.

La historia de cómo llegó "Mirror, Mirror" a mis manos merece un recuento. Antes de venir, estaba leyendo "Wicked", el recién traducido al español best-seller mundial de Gregory Maguire, que inspiró además la no menos exitosa obra musical de Broadway. La lectura estaba resultando divertida y emocionante... En esos días, con ilusión y nerviosismo empacaba cajas y hacía las maletas... Llevaba unas tres cuartas partes del libro. El día antes de partir, después de enfrentar serias dudas sobre si valía la pena cargar semejante tomo, coloqué "Wicked" en la mesa de la sala, con el firme propósito de terminar su lectura durante el vuelo y con la intención de abandonarle después en algún parque como "libro libre". Según recuerdo, debió ser en el aeropuerto donde me percaté de haberle olvidado.

Fue ya en octubre, relativamente instalado en Barcelona, que decidí que era necesario saber cómo terminarían las cosas para Elphaba. Mi intención era comprar la edición digital en inglés, pero quiso el portal de la editorial que aquello no se consumara. Sin embargo, descubrí entonces los títulos de las siguientes obras publicadas por Maguire. Los títulos y sus "reseñas" resultaban realmente cautivadores. Y si la prosa de "Wicked" me había atrapado como lo hizo, ¿por qué no arriesgarse?

En aquellos días Mariana iba a Nueva York con sus alumnos y, dado que esos títulos no han sido traducidos al castellano, era la oportunidad de hacer un encarguito. Mariana fue y volvió. Nunca le pregunté si los había conseguido. El día que llegó a pasar las fiestas decembrinas por acá, unas de las primeras cosas que sacó de la maleta fueron los tres títulos que había sugerido.

Hoy terminé la lectura del primero, y debo decir que no fue lo que esperaba. Fue muy superior. Nunca creí que fuese posible enfrentar la historia de Blancanieves de modo semejante. Todas las licencias históricas que Maguire se toma para convencernos de que la celosa enemiga de Bianca fue la mismísima Lucrecia Borgia, quedan más que perdonadas. En la ficción todo vale. Y cuando la ficción se construye con desafiante astucia, eso se agradece y se celebra.

Creo que me he excedido en este relato. Y no he dicho gran cosa sobre el libro en cuestión. ¿Te parece si lo dejo para otra entrada?

Una conclusión adicional tras la lectura: vaya que necesito ponerme a pulir el inglés. Y cuando lo haya hecho, sin duda volveré a "Mirror, Mirror", para disfrutarle con entusiasmo renovado.