Aviso Importante

A partir de mi regreso a México, el 24 de noviembre de 2008, decidí dejar de publicar en este espacio, con la intención de respetar el cierre de un ciclo. Desde el mismo día, puedes visitar mis ocurrencias en Ernesto-BCN. ¡Gracias por tu visita!
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jueves, 6 de noviembre de 2008

Igual, pero diferente

«¡Que no, Juan Antonio! ¡Que no me fío de ella! 
¡No tiene los ojos de un solo color!»

María Elena (Penélope Cruz) a Juan Antonio (Javier Bardem), 
hablando de Cristina (Scarlett Johansson)

El genio de Woody Allen

Siempre me ha maravillado la capacidad de Woody Allen para mantener su rigurosa costumbre de filmar una película por año. Me parece ridículo esperar que todas ellas sean sublimes o excelentes. Siempre será posible que unas resulten mejores que otras, como que algunas representen un aparente retroceso en su genialidad. Y eso, me parece, no le resta mérito alguno a su trayectoria. (Así pasa, me parece, con cualquier pintor, músico o escritor: la consistencia absoluta o la evolución siempre constante son tan improbables como la perfección en cualquiera de ellos.)

Lo cierto es que las cintas de Allen suelen generar reacciones extremas: atrapar o producir repudio, pero difícilmente mantienen indiferente al espectador. El caso es que a mí siempre me han atrapado. Hasta sus ejercicios más tremendamente repetitivos (Scoop, por ejemplo) como sus apuestas más pretenciosas (como Celebrity o Melinda y Melinda) me han parecido más que rescatables a lado de tanta película irrelevante que suele plagar las carteleras.

Una de las cosas que más me cautivan de este neoyorquino, es su habilidad para oscilar –de una película a otra, o al interior de una misma– entre la hilaridad absoluta y la profunda reflexión existencial. Ejemplos abundan a través de sus cuarenta años como cineasta; entre mis favoritas: Annie Hall (1977), Manhattan (1979), Zelig (1983), The Purple Rose of Cairo (1985), Bullets over Broadway (1994), Mighty Aphrodite (1995). 

Mención aparte merecen para mí tres películas: Interiors (19978), Match Point (2005) y Cassandra’s Dream (2007). De impresionante magnetismo, el drama que acompaña a estas tres piezas logra una intensidad de impecable manufactura que estremece sin remedio. A este grupo de mis favoritas añado desde ya a Vicky Cristina Barcelona.

Guión + Actuación = WoW 

Esta nueva película me mantuvo riendo a carcajadas durante una hora y media (y ya se sabe que no suelo ser discreto cuando se trata de emocionarse en un cine). Pero, al mismo tiempo, Vicky Cristina Barcelona me estremeció con una intensidad similar a la de Interiors o Match Point, desencadenando una serie de reflexiones muy poderosas sobre el amor, las costumbres, nuestros imperativos morales, nuestros prejuicios, la complejidad de las relaciones humanas… En fin. La lista sería interminable. Como es costumbre, Woody Allen logra esto a través de una perfecta combinación: un guión impecable y un trabajo actoral de primerísimo nivel.

La historia es imposible de sintetizar, pero para dar una idea general diré que: Vicky y Cristina, dos íntimas amigas radicalmente distintas en sus formas de enfrentar la vida, hacen un viaje de verano a Barcelona. La primera, sensatamente racional; la segunda, atrevidamente emocional. En cosa de unas horas, terminarán inmersas en una vorágine de líos amorosos, sensuales y sexuales, acompañadas de Juan Antonio, un pintor apasionado.

Resulta extraordinario cómo puede uno pasar 90 minutos sin parar de reír cuando en la pantalla no sucede nada gracioso. (¿Serán puras risas nerviosas?) Para que no quede duda de que todo cuanto atestiguamos es poderosamente dramático, cuando no trágico, el único momento en que un personaje decide contar un chiste, escuchamos sólo la primera frase y el audio se disuelve para impedirnos oír y reír de semejante trivialidad.

El trabajo de los actores no tiene mancha. (Se dirá que exagero; es verdad que soy fácil de complacer en gustos cinematográficos, pero estos adjetivos los uso con rara frecuencia.) Woody Allen se ha caracterizado por hacer que sus actores –y sobre todo sus actrices– brillen con fuerza poco común. En este caso, Javier Bardem corrobora su enormidad; podrá decirse en su contra que el personaje está hecho a su medida. Quizá sea cierto, como también lo están en buena medida los personajes de Scarlett Johansson, Rebecca Hall y Penélope Cruz. Pero eso les da mayor mérito, pues la forma en que se desprenden de sí mismos para ser esos otros que tanto se les pueden parecer resulta de una intensidad poco común. (Penélope Cruz tiene todo para sumarse a la lista de actrices de soporte que han sido nominadas al Óscar por su trabajo con Allen.)

Ernesto Bernardo Barcelona

Una de las cosas que pronto me invadió viendo la película fue un «¿qué diablos tiene esta ciudad?». En algún momento Woody Allen declaró: «Una historia así sólo podía ocurrir en París o Barcelona». Tengo mis dudas. Quizá sea cierto para la primera mitad de la película. Pero a partir de la aparición de Penélope Cruz a cuadro, París queda absolutamente descartada.

Lo cierto es que Vicky y Cristina terminan sus vacaciones y vuelven a casa. Igual que como llegaron. Pero diferentes. Pensé tanto en mí. Evidentemente ni de lejos estos meses han tenido semejanzas con la intensidad de esos 90 minutos. Pero sí que es verdad que hace doce meses Ernesto y Bernardo (dos de mis incongruentes ciudadanos: uno sensato, el otro visceral) llegaron a Barcelona. En unas semanas estarán regresando a México. Igual que como llegaron. Pero diferentes.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Epitafio

La fecha señalada por la convocatoria era el domingo. Mi compromiso había sido cumplir el reto ayer lunes. Y aunque la fecha en la entrada marca 3 de noviembre, para mí es ya martes 4. Y aquí estoy, librando algunas dificultades para sacar esto adelante. Y no por falta de inspiración, sino porque al postergar la publicación de mi propuesta de epitafio, abrí la puerta a que se acumularan cosas y, dado el vaivén de ideas que ya más o menos se me conoce, ando medio atorado con eso. Y para colmo, mi red colapsó después de la una de la mañana que estaba ya casi listo, pero parece que el asunto está resuelto después de unas horas. Aquí va, pues.

Al comenzar a imaginar frases y palabras para el dichoso epitafio, me enfrenté a una enorme dificultad. En general, entiendo la idea del epitafio como aquello que me gustaría ver sobre la lápida en función del proyecto de vida a largo plazo que uno se va trazando; una frase que sintetiza nuestros anhelos sobre el futuro visto a través de los ojos de nuestro presente. Cuando el proyecto a largo plazo no es tan claro o tan preciso, el ejercicio empieza a complicarse. Se corre el riesgo de quedarse en un "fue feliz" con todas sus variaciones. ¡Y ese "fue feliz" no sería poca cosa! ¡Al contrario! Sin embargo, para efectos de este reto me parece evidentemente trivial.

El hecho es que mi incapacidad actual para tener claro un ideal definido sobre el futuro, me condujo a pensar un epitafio echando un vistazo hacia atrás. La pregunta que uno se hace en ese ejercicio es quizá más dura, más cercana: ¿que diría ese epitafio si tuviese que ser redactado hoy? La pregunta es sencilla en cuanto a la posibilidad que todos tenemos de, con mayor o menor detalle, hacer un recuento de lo vivido. Al menos en teoría. Pues el futuro es incierto mientras que el pasado ya ha sido –y si alguno tuviese duda, no le será difícil hallar marcas que ha dan suficiente cuenta de ello–.

Me arriesgo a elaborar este epitafio siguiendo la segunda idea, a la luz del 3 de noviembre de 2008:
Aquí yacen los restos de un hombre que se llevó consigo infinidad de deudas. Un hombre que recibió mucho y no siempre supo agradecerlo. Un hombre que fue sin duda amado por muchos y no siempre supo mostrar su amor. Un hombre al que le fueron dados numerosos dones y no siempre supo aprovecharlos. Pero que, pese a sus evidentes imperfecciones, se esmeró cada día por ser feliz a través de la felicidad de aquellos que lo amaron y aquellos a quienes amó sin importar si eran necesariamente los mismos. Y por ello hoy es posible decir que descansa en paz. Quienes le conocieron en esta vida, saben que aún estando en la siguiente no cesará de buscar el modo de pagar cuanto aún deba.

PD. La imagen sobre estas líneas muestra el altar que improvisamos mi hermana y yo en el escritorio de mi habitación. Durante su travesía, ella ha llevado consigo algunos objetos de la abuela (unos dedales y un pañuelo) que hemos aprovechado para dedicarle nuestra ofrenda. Hemos puesto algo de la comida mexicana que todavía me queda en las reservas. Las calaveras fueron una locura, jaja. La "parejita" la dibujó ella sobre cartón. La de la derecha está hecha por su servidor en uno de esos arranques de creatividad, utilizando lo primero que se me atravesó: una fibra-esponja para lavar trastes, jajaja.

PD2. Parte del retraso en la publicación de esta entrada radica en que esta noche, acompañado de la Tía Coccinelle y aprovechando que el lunes es día del espectador en los Verdi (algo así como el cine-miércoles mexicano), me lancé ¡por fin! a ver VickyCristinaBarcelona, la película más reciente de Woody Allen. No exagero si digo que salí cautivado. No paré de reír, de emocionarme, de divagar, de volar, de confrontarme... caray... simplemente no me esperaba el nivel de genialidad que me encontré. Definitivamente al cineasta neoyorquino le sientan muy bien los aires europeos. Como uno de los seres trasformados y trastocados por esta ciudad, estoy obligado a un comentario más extenso sobre la peli. Lo tendré listo en la semana. Por lo pronto, estoy obligado a decir una cosa: ¡Woody Allen es graaaande!

sábado, 18 de octubre de 2008

La misma historia una y otra vez

Rara, pero en verdad rarísima vez, abro uno de los abundantes FW's que llegan diariamente a las bandejas de mis cuentas de correo electrónico. Para que me anime, tienen que coincidir ciertas variables. 

Primera: el remitente debe ser un primerizo en mis contactos o alguien que sabe bien de mi obstinada negación a revisar esos mensajes, lo cual le conduce a ser selectivo con sus envíos. Segunda: el encabezado del correo debe tener cierto gancho, lo cual descalifica todos aquellos que comienzan con el ordinario "Buenísimo" o el desgastado "Tienes que ver esto"; ambos encabezados suelen advertir lo opuesto. (Una excepción a esta regla es cuando el remitente de plano nunca manda ese tipo de correos, de modo que su envío se convierte en una auténtica excepción per se.) Tercera: que el mensaje no contenga archivos para descargar; esta variable no es definitiva, pero sí ayuda a agilizar mi decisión sobre abrir el correo; acepto, sin embargo, que algunos mensajes que no cumplen este requisito han llegado a gozar de mi contemplación -aunque esto suele suceder días después de recibirlos-. 

En estos días abrí uno de los mensajes que cumplía los tres criterios. Mi amigo Jorge suele ser selectivo con lo que me envía; su correo se titulaba Cuatro cosas que creo que no conoces de mí, lo cual reconozco me intrigó. Y como no venía con adjuntos, lo abrí. Era uno de los llamados "chismógrafos" y, efectivamente, me hizo conocer cosas que ignoraba de mi cuate. Hasta ahora no he seguido la solicitud de respuesta y reenvío que invariablemente cierra todos estos correos. Me quedé estancado en la primera pregunta, reflexionando sobre mi primera -y supongo auténtica- respuesta.

El planteamiento en cuestión era: "Cuatro películas que vería una y otra vez". Por un segundo cruzó mi mente el típico "Imposible, son muchas", pero pronto me di cuenta de que probablemente no eran tantas. "Una y otra vez". Se dice fácil. Todos hemos visto películas que, nada más empezar los créditos finales, nos provocan ese "la podría ver mil veces" o algo parecido. Pero, ¿de verdad? Creo que uno sólo puede estar seguro de eso cuando auténticamente lo ha intentado y ha vivido la experiencia de ver esa película una y otra vez. Así, lo que al inicio era un tantas=miles se puede reducir a un tantas =decenas, por lo menos. 

En mi caso es verdad que son muchas las películas que he visto varias veces y podría volver a ver. Pero si le doy a ese "una y otra vez" el sentido de descubrimiento permanente, de descubrir una peli igual que la primera vez, quizá la lista se reduzca. Así las cosas, empecé a hacer mentalmente mi relación de cintas. Y lo que me sorprendió fue que la mayoría de las películas que me venían a la mente cuentan, en diferentes modos, tonos, épocas, estilos, la misma historia. Lo cual me lleva a concluir que, no es sólo que sean un puñado de pelis las que puedo ver una y otra vez. Parece que hay una historia que puedo ver una y otra vez sin cansarme de ella.

Las cuatro que debo reconocer como primera reacción son: Great Expectations, Moulin Rouge!, Shakespeare in Love y The Bridges of Madison County. Cuando vi los denominadores comunes, decidí pensar en otras. Primero vino a mi mente The Age of Inocence, es decir, seguía en las mismas. Después, creí salir de la fórmula cuando pensé en Rent, pero lo cierto es que pese al final feliz, para mí ver Rent sigue siendo ver La Boheme y el happy ending se vuelve relativo. 

Al final logré salirme del esquema y recordé películas como Back To the Future (partes I y II) o la saga de Pirates Of the Caribbean (sobre todo la segunda entrega, Dead Man's Chest). Incluso logré recordar mi obsesiva forma de ver y re-ver Modern Times de Chaplin, o la cantidad de veces que, desde niño, he visto sin cansarme The Sound of Music. Pero confieso que evocar todas estas últimas significó poner a trabajar fuerte a la memoria. 

Sin embargo, las primeras brotaron con claridad prístina. No deja de maravillarme el hecho de poder hallarme ante la misma historia una y otra vez, cautivado siempre como si estuviese ante una experiencia nueva.







domingo, 7 de septiembre de 2008

¿Será posible?

Al fin –tardíamente, pero al fin– vi Wall-E, la más reciente producción lanzada por Pixar a las carteleras. No hay mucho que pueda agregar a lo que ya tantos han dicho: una extraordinaria película, impecable, entrañable... Que confronta, que mueve lo que llevamos dentro: emociones, pensamientos... La estética del abandonado planeta Tierra es poderosísima; de una textura deliciosa. ¿El conflicto? Intenso, potente. ¿Y el modo en que se desencadena su resolución? Legítimo, válido, posible... ¿probable? No lo sé.

Desde que empezaron a correr los créditos finales me quedé con una interrogante en la cabeza. Es claro que el deterioro de nuestro hogar está en curso. Parece claro que, al ritmo que llevamos, el desolador escenario ficticio que habita Wall-E no está muy lejos de la realidad. Pero, ¿es probable que, ante semejante crisis, tengamos el coraje de hacer a un lado nuestras comodidades y reconquistar nuestro planeta? Los habitantes de Axiom despiertan con una velocidad envidiable y, pese a la confusión generada por la pérdida de confort, deciden seguir a su capitán en la ardua tarea de hacer vivible la Tierra. ¿Tenemos ahora mismo el valor, la decisión, la voluntad, suficientes como para poner las cosas en su sitio? Y enfatizo el ahora mismo, pues no creo que hagan falta 700 años lejos de casa para valorar lo que estamos perdiendo. Si hemos de renunciar a parte de nuestras fatuas banalidades, ¿por qué no desde ahora?

lunes, 25 de agosto de 2008

Ciegos

Si tenemos cinco sentidos, ¿por qué limitarnos a uno de ellos? Palabras más, palabras menos, esa es la idea con la que se desencadena la transformación de Mirco, un pequeño de diez años que ha quedado ciego tras un accidente. A falta de la vista, Mirco ha de redescubrir el mundo a través del resto de sus sentidos. En particular, su travesía será apoyado en el oído. Un sentido que creemos tener muy desarrollado. Que usamos a diario. Pero que, como el resto, está tan distraído. 

Rojo como el cielo es una sencilla pero poderosa película italiana que circula en estos días por el circuito cinematográfico del D.F. (Circula, por cierto, a casi dos años de su lanzamiento en Italia.) Más allá de la obligada reflexión sobre la vista y el oído, la atención y la percepción, Rojo como el cielo se sumó de inmediato a mis reflexiones pedagógicas: el instituto donde estudian Mirco y sus compañeros funciona perfectamente como metáfora de nuestro sistema educativo, ese modo de entender la educación al que nos aferramos -vaya paradoja- ciegamente. 

Cuando salí del cine no podía dejar de preguntarme, ¿quiénes son los verdaderos ciegos en nuestra propia película? ¿No estamos las escuelas reforzando la "ceguera" en los corazones de nuestros niños? ¿Qué estamos haciendo para provocar su mirada, para despertar su atención, para ayudarles a echar a volar la imaginación?

domingo, 20 de julio de 2008

No es lo mismo que (casi) veinte años después...

Aclaro en primer lugar: me gustó. Me pareció una película bien hecha, emocionante, divertida. Con sus detalles, con sus excesos, con sus carencias. Una buena película al fin y al cabo. Pasé un muy buen rato y sin duda la vería de nuevo. Pero...

No sé. Al final el Batman de El Caballero de la Noche no es el mío. Este Batman que pretende estar a la altura del siglo XXI no me termina de convencer. Mi sensación es que el verdadero Batman, con sus archienemigos, con su Ciudad Gótica, con su comisionado Gordon, con su inseparable Alfred, pertenece a un espacio y un tiempo que existen sin espacio y sin tiempo conocidos. Para mí, el mundo de Batman se parece al nuestro pero no es el nuestro. Una suerte de universo que puede ser paralelo al nuestro, pero que definitivamente no es el mismo. Y cuando el caballero oscuro o el fascinante demente de la sonrisa permanente aparecen inmersos en el mundo que vivo, algo no me cuadra. Cuando Ciudad Gótica es una mezcla de Nueva York con Chicago (y no una ciudad paralela a éstas), o cuando nos vemos forzados a ligar al Joker o Guasón con el crimen organizado real de nuestros días... para mí, algo falla; simplemente, no me convence del todo.

Reitero: me pareció, igual que Batman Inicia, una gran película. Sin embargo, hablando de Batman en la pantalla, me quedo con el de Tim Burton.

martes, 1 de julio de 2008

How about love?

Si todo va de acuerdo con itinerario, cuando esta entrada se publique estaré volando rumbo a la Ciudad de México, con breve escala de conexión en Nueva York. Puedo imaginar el vuelo: escapará sin duda al menos un par de lágrimas. Una será de alegría, por supuesto: vuelo hacia ti bb, hacia buena parte de la familia, hacia entrañables amigos, hacia el mundo donde por más de tres décadas me he construido, al que inevitablemente pertenezco y al que quisiera aportar algo. Las causas de la otra lágrima son más difíciles de describir: puede que sea la nostalgia, la melancolía; la conciencia de cerrar un ciclo y dejar atrás un espacio-tiempo que resultó tan impredecible como apasionante.

¿Cómo medir el tiempo? ¿Cómo medir esta estancia en Barcelona? Quizá "medir" suena extraño, pero en el fondo es la idea que subyace en muchas de esas preguntas -bienintencionadas todas- que hará la gente en los próximos días.

¿En número de clases? ¿En aprendizajes concretos obtenidos durante el curso de doctorado? ¿En lugares visitados? ¿En gente conocida? ¿En días? ¿En número de piezas de equipaje para el regreso?

Es claro que lo que mejor ayudaría a "evaluar" lo que ha pasado de septiembre a hoy son solamente aspectos intangibles dentro y fuera de mí, de éste y del otro lado del océano. Intangibles e incluso indecibles, a falta de un vocabulario y una gramática que resulten medianamente satisfactorios.

Por eso, prefiero explorar una posible respuesta: ¿qué tal en amor?

viernes, 27 de junio de 2008

Paréntesis sobre la atención

Paréntesis en estas nostalgias previas al viaje. (Paréntesis que con todo derecho más de una persona agradecerá.) Leo el artículo publicado hoy por Juan Villoro en Reforma. Como de costumbre, sin desperdicio. Las ideas que aporta encajan, además, con una cuestión que me tiene enganchado desde hace meses... y que ya se convierte en pauta para mi proyecto de tesis doctoral.

El texto se desarrolla en torno a las diferencias entre leer cine y leer televisión. Villoro recuerda que apenas hace tres lustros que el público mexicano empezó su regreso a las salas de cine, tras una década de estar lejos de las grandes pantallas (y refugiado ante la televisión y el video). [Aunque las causas de este distanciamiento no son materia del texto que nos ocupa, es sin duda interesante reflexionar sobre ellas.]

Las características de cada medio condicionan lecturas absolutamente distintas. Y recluirnos ante la pantalla chica modificó nuestra forma de contemplar la grande:
Durante unos 10 años mucha gente perdió la habilidad de concentrarse ante una película. Cuando los mausoleos de 500 butacas se reconvirtieron en rutilantes multicinemas, presenciamos un experimento antropológico: la conducta de la gente había cambiado; ahora veía el cine visto con la desatención propia de la tele.
Y me parece que se abre así un círculo vicioso: cierto cine termina por imitar el discurso de la televisión, pues se piensa ya como producto que habrá de terminar en el salón de una casa. (Aunque como el mismo Villoro reconoce hay también una cierta televisión que imita ejemplarmente las cualidades de cierto cine.)
Una película reclama la atención que debemos conceder a un mundo paralelo. En cambio, la televisión sucede mientras planchamos o hablamos por teléfono; su fuerza depende de comunicar de manera ambiental, sin que prestemos demasiada atención.
El escritor mexicano sugiere que la televisión "pide ser vista al modo de un acuario; en cambio, el cine equivale a una inmersión submarina". Tras el regreso masivo a las salas de cine, parece que algunos hemos recuperado la costumbre de ver cine: nos parecen chocantes, entonces, ciertas cosas mostradas como si estuviésemos ante un televisor. Un detalle de eso que marca la diferencia: el silencio contra el ruido.

Apunte importante. Hoy se cumplen 16 años de que nació la benjamina de la familia. Para mis colegas de la preparatoria, que la vieron nacer, verla es evidencia irrefutable de que estamos haciéndonos viejos. Algo semejante les sucede a mis compañeros de la licenciatura, quienes alegremente jugaban con ella cuando nos reuníamos en la casa para hacer trabajos. Por estas horas, la pequeña anda paseando con mamá por las calles de Nueva York, celebrando este aniversario. Dios mediante estaremos todos la próxima semana en el D.F. y podremos abrazarnos y festejarlo juntos. Entre tanto, la celebro aquí y comparto mi alegría.
From DIALOGO DE BA...
[Aquí, trepados en la banca-nube, en enero de 2007.]

jueves, 19 de junio de 2008

21 Reasons Why I Love 90's. Part II: Late 90's

Quedamos en eso de la llegada del 94 y la pérdida de la inocencia. O, podría decirse también, pagar el precio de la mayoría de edad. (En diciembre de 93 había cumplido 18 años.) 

Entre los recuerdos que no son para "amar" los noventa, está sin duda ese error de diciembre. Estalló de forma peculiar en la visión de mi ingenuidad adolescente. (A los 18 uno sigue siendo un adolescente. Y a los 20 y a los veintitantos y a los...) 

Eran los días en que, entusiasmado por el dance, había decidido que era momento de abandonar los experimentos con la vieja tornamesa de casa, los cableados "arreglados" y todos los artilugios que me había inventado durante varios años para "mezclar" música. Quería convertirme en DJ y era hora de dejar atrás mi pequeñita mezcladora de cuatro canales, para comprar una tornamesa de discos compactos hecha y derecha. Había ahorrado durante mucho tiempo para "regalarme" una Denon pa celebrar mis 19 años. Y justo después de mi cumpleaños, el peso sufrió aquella histórica devaluación. El precio de mi tornamesa se disparó a los cielos. Y punto.

Aún así, en medio de ese despertar, la segunda parte de la década tiene sus cosas. Eso sí, cada vez más paradójicas:

16. La carga de aquel 94/95 se sintetiza en una película que me llevó a rendirme ante la pantalla una y otra vez: Pulp Fiction de Tarantino. (Vaya contrastes: la temporada anterior, mi película había sido The Age of Inocence de Scorsese.)

17. A partir de 95 descubriré "el otro cine", ése que se hace en este continente donde hoy respiro, y que a mí me había pasado desapercibido. Encontraré a dos de mis genios favoritos: Kieslowsky y Wenders. En los noventa, el primero nos obsequió su trilogía de los colores, Azul, Blanco y Rojo; el segundo ¡Tan lejos, tan cerca! e Historia de Lisboa, entre otras. Y con todas esas películas, un deleite de bandas sonoras. (La mayor parte de estas películas son de la primera mitad de la década, pero muchas nos llegaron a México a mediados de la misma.)

18. En 94 arranca la mítica serie de televisión Friends. Y aquellos seis amigos nos acompañarán y marcarán el cambio de siglo. No me extiendo: remito a la entrada que publiqué el 14 de febrero.

19. En esa segunda mitad de los noventa llega a mi vida el correo electrónico. Primero, con la cuenta FTP que nos daban en el Tec. Al poco tiempo abriría mi primera cuenta de hotmail. El resto, es de sobra conocido. Y lo que falta.

20. Primavera de 1998. Una más del celuloide: Great Expectations, de Cuarón. No sé cuántas veces la vi en el cine. Muchas. Sólo, mal acompañado, bien acompañado... Ese año, en el verano, varias veces después de ver la peli, conocí a Mariana. ¡Hace ya 10 años!  

21. En 1999 sale al mercado la Power Mac G4. Una de ésas se convertiría en mi primera Mac. Ahí se irían por primera vez mis ahorros. Uno de tantos arrebatos que me han obligado a comenzar una vez más desde cero (arrebatos de los cuales no me arrepiento). Arrancaba oficialmente mi vida digital. Con los años llegaría mi MacBook G3 y hace un par de años la PowerBook G4 desde donde escribo en este momento.

Hubo más cosas, sin duda. Pero el acuerdo fue dejarlas en 21. Así que ya está. 

En verano de 1999 me gradué. La década terminaba ahí, un día de mayo. Al día siguiente estaba trabajando. Según el calendario a los noventa les quedaban varios meses. Pero yo ya estaba en otra historia. 

miércoles, 18 de junio de 2008

21 Reasons Why I Love 90's. Part I: Early 90's

A partir de la excelente charla virtual con el JuanPa, surge la idea de este Top 21 sobre por qué los noventa molan (o why 90's rule, ¿vale?)

Durante los noventa transcurre buena parte de mi adolescencia (la mitad de secundaria y toda la prepa) y luego mi licenciatura (de 94 a 99). Así que los 90 son el escenario de esa compleja y extraña adolescencia-juventud.

Por razones que más adelante explico, aquí aparece la primera parte de mi lista.

1. Con el cambio de década llega y desaparece de mi vida el Nintendo. En menos de dos años ese vicio había alcanzado su punto culminante para luego desaparecer y llevarse los videojuegos de mi vida.

2. El cambio de década me sorprende todavía con los cassettes. Uno de los últimos, Immaculate Collection de Madonna. Síntesis de los 80 y puerta de lo que habría de venir.

3. Las máquinas de escribir eléctricas. ¡O milagro de la tecnología! En 91 compré una con mis ahorros. Un par de años después llegarían Windows y sus procesadores de textos para comodidad de todos.

4. En el verano de 90, de shopping en McAllen, descubrir la invasión de Los Simpson. Recuerdo la t-shirt que compré y llevé a un campamento de la escuela, cuando esos sujetos amarillos eran apenas conocidos.

5. Llega a mi vida el Compact Disc... En 91 comienza mi colección de CD's. Entre los primeros...

6. Joyride de Roxette. A la fecha, me encantan. Por supuesto que no fueron los únicos suecos de la década: ahí están también los Ace of Base y The Sign.

7. Con Ace of Base todo la época del dance... Culture Beat, Corona, Snap, Dr. Alban... Pero, sobre todo, Real McCoy. A la fecha, Another Night es un must en el iPod, por supuesto.

8. Aidalai de Mecano. Uno de mis primeros CD's en español. Su gira, un sueño. Dos veces los vi en el Auditorio Nacional, recién re-estrenado.

9. Los cuadernos Mead con separaciones. Me acompañarían a partir de 91, con la llegada a prepa, y hasta el resto de mi carrera.

10. En 92 García Márquez publica sus Doce cuentos peregrinos. Sería mi primer contacto con Gabo. Un clásico en mi colección.

11. The Bodyguard, llega a los cines de EUA en 92 y al año siguiente a México. Y con ello, el I will always love you de Whitney Houston. "And I......"

12. Noviembre de 93: Madonna y su Girlie Show en el Autódromo Hermanos Rodríguez (hoy Foro Sol). Un gran concierto para un disco entre mediocre y adelantado a su tiempo. (Así que pese a la mediocridad de Hard Candy albergo esperanzas para el concierto en noviembre, en el DF ¡15 años después!)

13. Los jeans rotos, cuando todavía no era porque así te los vendieran. ¡Anduve con las rodillas de fuera por años!

14. Las camisas de estampados ridículos, con la manga arremangada y desabotonadas, dejando ver alguna t-shirt debajo.

15. En 94, una de mis primeras y únicas salidas a antros: la noche final de Magic Circus. Mítica. Terminaban los años de las grandes pistas para bailar (y yo descubría que mis tendencias discotequeras habían nacido fuera de época; de ahí en adelante, a bailar sólo en bodas y XV años).

Estamos, pues, en 1994. El primer día del año se había levantado el EZLN en Chiapas. En marzo asesinaban a Colosio. En diciembre vendría el trágico "error" para la crisis económica del 95. Era el final de la inocencia, al menos para mí.

En la próxima entrada contaré algo sobre esa transición... y dejaré los últimos 6 puntos de la lista para los late 90's.

lunes, 16 de junio de 2008

La Antena: entrañable homenaje al cine

"Es uno de los filmes más originales, entrañables y movilizantes de esta temporada." Sandra den Hamer, Directora Festival de Rótterdam

"Una poética y metafórica obra de arte sobre la comunicación humana y la sociedad contemporánea." Gregory Valens. The Hollywood Reporter

"La Antena -con sus defectos y simplificaciones, pero también con su encanto y talento- pasó a transformarse en una película política y audaz, de una impensada y perturbadora actualidad." Diego Lerer, El Clarín
Reproduzco estas citas, tomadas de la ficha que se distribuye en los Cines Verdi, porque yo no tengo palabras. Y no es que me las hayan robado (como a los habitantes de la Ciudad Sin Voz), sino que la emoción, la experiencia, está tan fresca, tan reciente, que no me siento capaz de articular mucho al respecto. Si acaso, puedo decir lo que resulta obvio con solo mirar el trailer. Esteban Sapir logra todo lo que dicen las citas de arriba, a través de un inmenso y poderoso homenaje al cine mismo: al lenguaje del cine, ése de las imágenes, de la auténtica fábrica de sueños; echa mano del genio de Méliès, del expresionismo alemán y uno de sus heredero el film noir (evoca así al Fritz Lang de Metrópolis, por supuesto, pero también al de M), de la comedia muda de Chaplin, del cine soviético de Eisenstein... Y si uno observa despacio puede encontrar guiños a casi cualquier género o movimiento de los que han construido la historia del cine como auténtica manifestación artística.

Pero decía que no quería hablar. Así que dejó mejor las imágenes de La Antena.

Apunte. Un último asunto. Además de la fotografía, la dirección de arte y todo aquello vinculado a la imagen, la película ofrece un banquete para el oído. La música de Leo Sujatovich resulta un protagonista más, construyendo una banda sonora que acompaña la acción al más puro estilo del cine mudo.

viernes, 6 de junio de 2008

Persépolis: más vale tarde que nunca


Me entero a través de internet que hoy se estrena Persépolis en México (a casi un año de su estreno comercial en Francia). Como era de suponerse, se proyecta solamente en un puñado de salas. Y para colmo, ¡el mismo fin de semana del estreno de Sex and the City! (No entiendo cómo se toman ciertas decisiones para insertar determinadas películas en el circuito comercial. ¿Era el inicio de la temporada de estrenos veraniegos el mejor momento? Es pregunta.)

Estrenada por acá durante el otoño pasado, Persépolis fue sin duda alguna una de las mejores películas que vi durante 2007. Uno de esos brillantes casos de uso creativo y provocador del lenguaje cinematográfico. De este lado ya circula comercialmente el DVD (incluso en una versión de lujo que cuando veo en la estantería de la FNAC, me hace babear como niño pobre ante aparador de dulcería). A falta de capital para invertir en ello, me deleito con el extraordinario ejemplar de la novela gráfica que dio origen a la película (y que mi querido hermano tuvo a bien enviarme en diciembre como obsequio navideño).

Ojalá los chilangos aprovechen y se lancen esta semana al cine a ver Persépolis. Acuérdense que las pelis que se estrenan en cientos de pantallas aguantarán varias semanas... Estas otras, en cambio, apenas sobreviven en los circuitos casi subterráneos.

sábado, 31 de mayo de 2008

Indiana Jones y el nostálgico regreso del cine de aventuras

Antes de entrar a la sala, había leído y escuchado, de aquí y de allá, todo tipo de comentarios e impresiones sobre la película. Una cosa estaba bien clara: tenía que verla yo mismo. Al final, de todo lo que leí y oí, coincido con algunas cosas, difiero en otras. Para mí, el veredicto es contundente: una gran película. Y subrayo, para mí. Porque no faltarán los detractores y ante ello no puedo sino reiterar lo que siempre he dicho: el juicio ante un texto (película, composición musical, obra literaria) no tiene por qué ser unánime y ¡menos aún! racional y definitivo.

La obra cinematográfica –como la literaria o la musical– puede ser vista desde muchas perspectivas. La gracia está en definir con qué mirada se acerca uno a algo, y en función de ello qué puede esperar obtener a cambio. Películas, como libros o composiciones musicales, existen para todos los gustos y pensadas para todos los fines: puedo decidir acercarme a cualquier texto producido en alguno de esos lenguajes (como en otros, por supuesto) con muy distintas expectativas: reír, llorar, reflexionar, asustarme, imaginar, motivarme, deprimirme o, sencillamente, atender y esperar lo que sea que me provoque. Puedo, claro está, mezclar varias de esas intenciones. Algunas veces se lograrán, otras no. Es posible que me acerque con una intención en mente y termine víctima de una reacción inesperada pero igualmente legítima. Cuando la expectativa inicial se consigue, el juicio suele ser positivo; cuando no, dependerá de la cercanía que tenga uno con el fin obtenido: el abanico de opciones es tan amplio como el espectro de la repulsión absoluta al éxtasis de la satisfacción plena. Y los motivos que determinen el veredicto final son inevitablemente subjetivos. O en todo caso intersubjetivos.

Tanta disertación para decir que la cuarta aventura fílmica de Indiana Jones me entusiasmó. Y lo hizo por varios motivos. Me referiré al principal: sentí que estaba ante algo así como "cine hecho a mano". Yo sé que la expresión es absolutamente inadecuada, pero trataré de explicarme. Mi percepción es que Spielberg logra con creces honrar la textura de aquellas películas de mi infancia y adolescencia. Agradecí inmensamente emocionarme de nuevo con una auténtica película de aventuras que, más allá de sus altibajos, no se usa como mero pretexto para el despliegue de "lo último" en la tecnología de la industria. Quizá eso mismo es lo que extrañarán muchos espectadores más jóvenes: justo antes de la proyección mostraban el avance de la nueva entrega de La Momia, esa saga que de alguna manera rescató el género de aventuras para el siglo XXI pero que basa buena parte de su éxito en toda esa –impresionante y admirable por supuesto– tecnología digital. Debo confesar que esa invasión de mundos digitales, pese a todos sus méritos, no deja de parecerme demasiado. 

¿Nostalgia? Posiblemente. Pero una nostalgia creativa: una nostalgia que no pretende quedarse con lo de antes y punto, sino la que mueve a no perderse en la saturación de lo nuevo, que sepa conservar la mirada. Sé que esa nostalgia está en muchas partes (todavía, afortunadamente). Pero que esa nostalgia se aparezca en una película de aventuras me resultó gratamente sorprendente. 

Quizá parezca que estoy siendo extremadamente condescendiente con la película. Reconozco que no se trata de una joya de la cinematografía y sin duda no es el mejor capítulo de la saga. ¿Y eso qué? Con todo y sus problemas de continuidad en algunas escenas (algunos como de principiante, cierto), yo insisto: pasé un muy buen rato. Y estoy seguro que con el transcurso del tiempo podré, como con las tres cintas previas, regresar y volverme a rendir ante un par de horas de buen entretenimiento.

jueves, 22 de mayo de 2008

Un neoyorkino en Barcelona

¡Qué le voy a hacer! ¡Las pelis de Woody Allen son una de mis debilidades! Sean viejas o nuevas, hilarantes o trágicas, sofisticadas o simplonas... Cierto que en el repertorio de un tipo que se dedica sistemáticamente a hacer una película al año no todo puede ser extraordinario, pero confieso que para mí hasta en la más palomera de sus producciones se cuela algo de genialidad.

El caso es que ya están circulando a modo de trailer las primeras imágenes de Vicky Cristina Barcelona, recién presentada en Cannes. Ya hay por acá voces que se lamentan (y se la mentan) porque consideran que la Barcelona retratada por el neoyorquino resulta "brillante y colorista pero para turistas". Yo me pregunto si será posible contar una historia que sucede en esta ciudad sin mostrar esos encantos que, como tantas cosas en este mundo, han sucumbido ante la industria del consumo (en este caso turístico). Vamos, sé que sí se puede, pero el asunto es: ¿captar esas postales es un pecado tan grave? No lo sé. Lo que sí tengo claro es que en cuanto llegue a las pantallas, ya me veré instalado en primera fila. (Lo de "primera fila" es un decir, por supuesto.)

domingo, 20 de abril de 2008

Como en botica...

Siempre me ha causado mucha gracia esa expresión de las abuelas (vale, no sólo de las abuelas) que ilustra poderosamente el sentido diverso o plural de algo determinado: "de todo como en botica". La expresión me ayuda a describir esta entrada, cuyo contenido posiblemente contraste con la linealidad que suele caracterizar lo que publico.

Resulta que navegando por la blogósfera, en una de mis habituales paradas en Signo de Pregunta, me tope con imágenes que Jake colgó para ilustrar la invasión del humo que ha acechado a Buenos Aires en estos días. Las imágenes son fuertes (y más todo lo que se dice, lo que no se dice y lo que puede decirse al respecto de la crisis ecológica que hay detrás del hecho). Luego Jake colgó un pequeño video grabado en el cruce de Corrientes y 9 de Julio, donde se encuentra la Plaza de la República con su mítico obelisco. Puf!

Mi mente viajó a la Ciudad Autónoma. Y la recorrí con los hermosos y a veces difusos (aunque sin humo) recuerdos que conservo de cuando, hace poco más de tres años tuve la suerte de recorrerla. Y me invadió el sabor de un alfajor de maicena. Y sonó en el corazón Piazolla. Y luego otro tango... un tango que fue uno de mis grandes "descubrimientos" en aquel viaje.

[En este momento, para vivir la experiencia completa, debes darle play al reproductor de goaer.]

Recuerdo que al segundo día en Argentina, estando en Bariloche, en el autocar turístico sonaron aquellas notas. "¿Qué se escucha?", pregunté mientras sonaba algo que a mí me parecía salido de Moulin Rouge! (la película, no el centro nocturno). La melodía era Tanguera, un clásico de Mariano Mores.

Días más tarde, en el Sr. Tango, en Bs. As., volví a escucharla. ¡Qué maravilla! Me encantaba. Ahí estaba la esencia musical de aquella magistral secuencia cinematográfica. Y pensar que en mi ignorancia, había creído que Baz Luhrmann y Craig Armstrong habían compuesto las notas con que transformaron Roxanne de The Police en un tango: nunca había visto en letras pequeñas que el booklet del CD daba claramente su crédito al Sr. Mores (aunque sin especificar el título de su melodía original).

En el iTunes tengo una versión de Tanguera que me fascina. [La que estás escuchando (si diste click ahí arriba) no me enloquece, pero da una buena idea.] Así que la puse esta mañana y de ahí me seguí trabajando con tango de fondo buena parte de la jornada. 

Finalmente, dediqué mi reciente receso de estudio a buscar en el YouTube la secuencia del Tango de Roxanne en Moulin Rouge! La versión más decente que encontré trae unos simpáticos subtítulos en alguna lengua asiática. No dejes que te distraigan, pa' que disfrutes 9 minutos con lo que -en mi humilde opinión- es una de las secuencias más geniales en la historia del cine.



Y fue así como el humo que cubre Buenos Aires me llevó hasta una de mis pelis favoritas. ¡Vaya conexiones tiene la vida! A ver si mañana me consigo un alfajor en el Mercat de la Boqueria para darle un buen cierre a la nostálgica experiencia.

martes, 11 de marzo de 2008

Desde el aire...

Vaya viaje. De alguna manera hoy se cerró un círculo. La expresión, aclaro, no deja de ser muy relativa, pues en sentido estricto querría decir que uno está en el lugar del inicio, y en este caso nada más lejos de la realidad. Podría decirse que está uno cerca de ese punto de partida pero en otro nivel, como en espiral. Es claro, al menos para mí, por supuesto, que a lo largo de casi seis meses en Barcelona muchas cosas han cambiado. La lectura que hago del mundo dista mucho de la ingenuidad con la que partí. Las crisis existenciales y filosóficas se han ido sucediendo con diversas consecuencias en mi propia configuración personal, política y pedagógica. Estas estructuras renovadas han encontrado en este viaje que apenas inicia un singular corolario, una suerte de síntesis... en dos de las pelis que nos pasaron en el avión.

Primero Lions for lambs. Puedo asegurar que mi "crisis catalana" comenzó justo en la semana que vi esa peli (a finales de noviembre). Ahora no la vi completa por venir inspirado en el ordenador, pero hacia el final enchufé los audífonos y me topé con los tres diálogos que cierran cada historia y que, en esta segunda lectura, cumplieron un papel clave para ayudarme, en las dimensiones política y pedagógica, a sanar heridas o ideas que me venían agobiando y que no me lograba plantaer con una salida. La peli no me regresó al inicio ni borró mis inquietudes pero sí que me dio un aliento claro.

La segunda fue una película cuya existencia yo ignoraba por completo. Me animé a verla por la carita de su protagonista (aquel niño de Finding Neverland). Para imaginar esta peli propongo mezclar lo siguiente: una historia de love-at-first-sight; un culebrón animado (al mas puro estilo de Remy, Bel y Sebastian o Marco el de los Apeninos a los Andes... la clave es que sea una historia del tipo niño-busca-madre-y-se-cruzan-tanto-como-sea-posible-sin-saberlo); un personaje vagabundo al estilo Robin Williams (interpretado por él mismo ya de paso); un afroamericano dispuesto a ayudar al destino; buenas rolas con sonidos de moda y música que pueda chantejear al corazón; Nueva York como escenario... ¿El resultado? Explosivo dirás. Melodrama de llanto garantizado. Bueno, no sé si garantizado para cualquiera, pero de los 100 minutos que duró, yo habré estado chillando a moco tendido por lo menos una hora. Con esta peli se resume mi tercera estructura reestrcturada: la personal: no sé qué me haya pasado pero tengo las emociones más a flor de piel que nunca. Y me encanta.

¿La peli? Cierto! August Rush. Seguramente no es una "gran película", pero puedo decir que está ya en mi top 5.

A todo esto, casi lo olvidaba. Sí, tanta peli y un vuelo con tanto tiempo como para incluso redactar esta entrada (aunque será colgada más tarde, calro)... Sólo hay una explicación. Ando llegando a la mera "capirucha". Mi Ciudad de México. Un par de semanas de llenar los pulmones de aire (aunque sea contaminado, jeje.)

jueves, 21 de febrero de 2008

Cine que se agradece

Salí del cine hace un rato, con la cabeza y el corazón a tope: de pensamientos, de sentimientos... pero diré sólo un par de cosas. Siempre agradeceré una peli como Once: auténtica, sencilla, fresca... de las que hacen sonreír y emocionarse. Es increíble como a veces las palabras en el cine, como en la vida, no hacen falta (aunque a veces, como ahora, la distancia me obligue a abusar de ellas). Y es genial cómo una buena rola ayuda a decir tanto.






Envío. Bb: Estoy seguro que una vez que la veas, Once estará en tu Top 10. Love U & Miss U.

sábado, 16 de febrero de 2008

Una mirada para provocar

Estaba en segundo de secundaria. Y debo reconocer que, no sé si por mi ingenuidad o por el poco espíritu reflexivo de mis maestros (o quizá por ambas cosas), la noticia para mí no pasaba de una anécdota. Fue el paso de los días, los meses y los años lo que le fue dando significado. Lo cierto es que si bien en sentido estricto un día no cambia del todo las cosas, en la historia están esas fechas que simbolizan los antes y los después. Y así, la caída del muro de Berlín marca sin duda un punto de inflexión en la gráfica de nuestra historia compartida. Y la tentación de juzgar el antes y el después en términos de Bien/Mal, de Mejor/Peor, parece lo cotidiano.

Por eso, desde la soberbia del después, una mirada al antes resulta provocadora. Si uno se lo permite, desencadena reflexiones, inquieta, ilumina, confronta. Quisiera evitar plantearme las cosas en pares. Este/Oeste, Norte/Sur, Blanco/Negro, Luz/Oscuridad, Izquierdas/Derechas, Liberales/Conservadores, Buenos/Malos. En todo caso, acepto el juego de los polos con tal de usarles sólo como referencia para saborear el gris, ése que se mueve de un lado a otro y no se deja atrapar por definiciones cerradas.

Esta tarde fuimos al cine y echamos una de esas miradas. La ventana se llamó 4 meses, 3 semanas y 2 días, y la abrió el cineasta rumano Cristian Mungiu (Palma de Oro, Mejor Película en el Festival de Cannes 2007). Como reflexión: provocadora, inquietante. Como obra cinematográfica: precisa, humana. Desde el arranque uno se siente obligado a acompañar a Otilia.

No se trata de juzgar, ni a los personajes ni a su contexto. Al menos de entrada, se trata de acercarse, nada más.

martes, 29 de enero de 2008

... como en el Cielo

Las ideas se me acumulan. Ya les instalé un despachador para dejarles pasar en orden, y que mientras esperan su turno cómodamente.

La primera ficha estaba siendo disputada por un puñado de ocurrencias de los últimos dos días, y mientras discutían, les ganó el lugar una vez más una melodía desde el iTunes. La reproducción aleatoria quiso ponerme en los oídos parte de la banda sonora de La Misión (1986), compuesta por Ennio Morricone. Reconozco que si no hubiese sido el azar, igual hubiese llegado, pues la a secuencia en concierto de los temas más representativos de la partitura está también entre mi música optimista.


La secuencia final es sin duda uno de los momentos más estremecedores registrados en mi memoria fílmica, y la música que acompaña el avance de Jeremmy Irons y la comunidad guaraní (“En la Tierra como en el Cielo”), se ha transformado en uno de esos fragmentos de lo que considero mi “himno universal”. (Increíble. El sólo escribir esta frase, ha convocado a otros fragmentos de ese himno que ya están tomando su ficha.)

Yo tenía entre 10 y 11 años cuando salió la película, así que mi primer contacto con las notas que la acompañan no se dio en la sala de un cine. Se presentó conmigo en 1987, en un comercial de televisión que, con el citado tema de fondo, invitaba a una exposición sobre imágenes de la Virgen de Guadalupe en el Centro Cultural Arte Contemporáneo de la Ciudad de México, sobre el cual volveré más adelante.

Otra imagen. En esos días, papá compró el casete de la banda sonora y con frecuencia lo ponía en el coche cuando íbamos hacia la escuela en las mañanas. Había un tema, "Penitencia" –que musicalmente me parece la antítesis de “En la Tierra…”–, que a Rodrigo y a mí nos cautivaba; en ese entonces, insisto, no habíamos visto la película, pero sin duda evocaba alguna extraña imagen en nuestras mentes.


Una más. Recibir el 2005 en Iguazú. El recorrido por las cataratas. Ahí no hay palabras, por eso recupero algunas "vistas".

En fin, el tiempo ha ido añadiendo imágenes a las notas y hoy se trata de una de las piezas más poderosas que hay en mi audioteca.


Remate sobre el CCAC. Al recordar aquel anuncio me entró la obsesión por reconstruir la historia de aquel museo que mucho prometía en su tiempo y que se convirtió en triste metáfora de muchas historias contemporáneas. Abierto hacia 1984, no logró cumplir siquiera sus 15 primaveras. Su sospechoso padre, Televisa, pronto se dio cuanta que valía más venderle que alimentarle. La última noticia que encuentro del edificio es de 2006, y me sorprendo tratando de ubicarme ahí y ver qué ocupa ese espacio. Si alguien me sabe dar razón, sepa que habrá contribuido a saciar una de esas obsesiones que sin explicación a veces nos invaden. Termino: Es curioso que si uno busca en la red información del centro en cuestión, todavía muchas páginas lo incluyen en la lista de atractivos de la capital mexicana.